Acá en la cancha de Ferro,
sábado,
trato de matar la resaca.
Deliro sobre que pasaría si
el trompetista de la barra
escuchara a Chet Baker o Miles Davis
y decidiera introducir arreglos
jazzeros juntos con el loco del bombo
y el vago del redoblante.
Inspirado en la repentina necesidad
de creer en la coloroterapia,
imagino los efectos positivos
que tanto verde puede tener en mi hígado.
Dos viejos se encuentran
y se saludan.
Veo a los nenes jugar
al pie de los tablones.
Hay uno que le pega bien.
Pienso
y me distraigo
persiguiendo cosas como estas.
Trató de no pensar en la muerte
o al menos no pensar
en la resaca.
En la cancha
lo mismo de siempre.
Algo -o nada en realidad-
sucede
y empiezo a sospechar
que a nadie le importa.
En un costado de la popular,
lejos de la barra,
hablo con un tipo
que me hace acordar
al abuelo Enrique.
El abuelo
le decía siempre a mi viejo
"no vayas cerca de la barra".
El abuelo era de Caballito,
yo no.
El abuelo era de Ferro,
yo también.
Federico Carlos Llera - Poeta y amigo
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