Vivía en lo de mi papá en un barrio humilde de las periferias de la gran ciudad. No teníamos mucho, y juntos con mis tres hermanastros, debíamos conformarnos con vivir en un solo cuarto. Los dos colchones en los cuales dormíamos eran viejos y tenían algunos resortes menos.
Si bien mi papá siempre hizo todo para que nunca nos faltase nada, cuando yo realmente me sentía feliz era cuando los fines de semana iba a lo de mamá. Desde el sábado a la mañana hasta el domingo a la tardecita, disfrutaba y sentía que no me faltaba nada.
Mamá vivía en un barrio de grandes y lujosas casas. Todas tenían pileta y unos jardines que a mí siempre me parecieron inmensos y bellísimos. En los estacionamientos de esos hogares, había dos, tres y hasta cuatro autos. Mi mamá me decía que eran de “buenas marcas e importados”. Nunca supe porque mamá y papá se separaron, pero menos sabía porque vivían en barrios tan diferentes.
El interior de mi hogar materno tenía la particularidad de estar decorado con mármol y tener piso alfombrado. La escalera siempre me llamó la atención, más que por su fisonomía, por ser el camino al lugar de mi casa que me tenían prohibido: los pisos superiores. Nunca entendí muy bien porque esa zona estaba vedada para mí.
La casa me parecía enorme para nosotros dos. A menudo le preguntaba a mamá si no le parecía mejor mudarnos a una casa más chica, que había mucho espacio de más, pero ella me respondía que se asfixiaba en los espacios pequeños y cerrados.
Cuando comíamos, nunca lo hacíamos en ese comedor largo y ancho iluminado por aquella araña que debía medir, como mínimo, tres veces más que yo. Siempre almorzábamos o cenábamos en la cocina, ahí bien cerca de nuestro cuarto. Tampoco comprendía porque no dormíamos arriba, pero ella me aseguraba que no le gustaban las alturas.
Un fin de semana cualquiera, un domingo bien temprano, escuché ruidos. Medio dormido me puse mis pantuflas de Mickey y me asomé a la cocina. Una mujer y un hombre, que tendrían la edad de mi madre, una niña y un niño que calculo serían de mi edad también, estaban con bolsos en sus manos, los cuales iban dejando sobre la mesa. En el instante en que estoy observando todo, sin entender nada, mi madre entra por una puerta lateral y con un gesto reverencial, saluda a aquellas personas: “Señor y Señora Martínez Falcone, sepan disculparme, pero no esperaba verlos temprano en el día de hoy. ¿Cómo les va? ¿Cómo les fue en el country? ¿Los ayudo con los bolsos?”.