Debía tener 8 años o 9 años, no más que eso. La costumbre era que mi tía me llevase a la cancha a ver a River, mi equipo, el cual tenía reales posibilidades de campeonar aquella tarde. “El Millonario” empató y se consagró campeón. Una vez finalizado el partido, dirigentes, jugadores y cuerpo técnico del plantel profesional, realizaron una fiesta en las instalaciones del club, la cual era intima y de acceso restringido, pero gracias a la astucia y picardía de la hermana de mi papa, logramos ser parte de los festejos. La tía me miró con gesto cómplice, me tomó de la mano e ingresó por la puerta principal del evento, con tal seguridad y firmeza, que inclusive un hombre de seguridad, al saludo de “Señora, buenas noches, disfrute la velada”, nos abrió la puerta, permitiendo inesperadamente que concrete uno de mis grandes sueños, el de cenar y festejar al lado de mis ídolos-héroes de la infancia.
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