Me senté en un banco del Parque Rivadavia, parque emblemático de Caballito, el mismo que, aunque hoy enrejado, mi abuelo materno me llevaba a andar en bicicleta a comienzos de la década del 90´, años signada por el menemismo y el 1 a 1. Agarré el diario que había comprado cuando me bajé del colectivo, mi medio de transporte por excelencia por no saber manejar y miré el horóscopo. No decía nada muy interesante para capricornio. Me preparé un mate y me llamó la atención un chico pateando una pelota. Me vi reflejado en él, cuando a su misma edad tenía sueños de fútbol profesional pero con la inocencia de la niñez, acompañado por mi abuelo paterno. Una persona se me acercó y me preguntó si era uruguayo; me dijo que por la forma del mate más que nada. Le contesté que no, que era un hábito que había adoptado en uno de mis viajes, en este caso, al otro lado del charco. El hombre siguió su camino, pero su pregunta me hizo reflexionar respecto de cómo mi vida pasó por muchos lugares y cómo los viajes fueron configurando la persona que hoy soy.
Estuve en Uruguay en dos ocasiones. Allí encontré tranquilidad, la que adopté gustosamente frente a la vorágine en la que mi vida y mi cabeza andaban por aquel entonces. Inevitablemente también aprendí a hacer mates, licenciatura implícita que te exigen por allá. Mates de verdad y no “con todos los palitos flotando” como dicen ellos. Volví a Buenos Aires, a Palermo, mi barrio desde los 7 años gracias a una mudanza que implicó dejar historias de infancia y familiares a varias cuadras de distancia.
Una tarde cualquiera de principios de diciembre, teniendo 20 años, recibí un llamado que me llevaría a un destino jamás pensado por mi: la tierra de los tacos, el picante, los aztecas y Pancho Villa me esperaba. En México descubrí la independencia. No una independencia económica, paso que había dado mucho antes y que me implicó grandes sacrificios, sino la independencia familiar. Tal independencia afectiva me configuró una faceta que antes no tenía: la de ser solitario. Retorné a Argentina y continuando con mi tónica nómada, otro nuevo lugar me albergaría. La ventosa ciudad de Comodoro Rivadavia seria mi hogar. No hay mucho para contar, salvo el frío extremo que hace en el inverno y que a mi, un enamorado del verano, me hizo entristecer.
Después, viaje a Chile, Suiza, Australia, Costa Rica y hasta a ¡Irán! pero todo por teléfono y a través de falsas promesas, para terminar aterrizando nuevamente, aunque no creo que de manera definitiva, en Buenos Aires. Retomé la facultad, la UBA; me reencontré con amistades un poco olvidadas pero siempre presentes; recuperé tardes de charlas largas con mis abuelos. Todo con incertidumbre, pero a la vez con la expectativa puesta en cuál será mi próxima estación.
Cuando me di cuenta, la tarde se estaba yendo. Sonreí, estaba feliz sabiendo que este ir y venir constante fue gracias a concretar mis sueños de niño.
El sol se ocultó tras los edificios; junté mis cosas y me fui a buscar la parada del 132.
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