Mi
documento dice que tengo 25 años pero que esta historia inició en marzo de
1952. Algo no concuerda, no es lógico. Pero aunque la narración nada tenga que
ver con lo matemático, al estilo “Volver al futuro”, retrocederemos y nos
adentraremos en un relato que nos permita hacer que al final las cuentas
cierren a pesar de que los números indiquen lo contrario.
Rafael,
un joven buscando ser un hombre, decide afrontar su formación académica fuera
de los límites de su país natal, Costa Rica. El irse, no el escaparse, es siempre
una aceptación a dejar cosas atrás. Ese mirar al frente corporizado en
deslocalizarse y desarraigarse, implica soltar (y porque no, saltar). La
elección de plantearse un nuevo reto inexorablemente iba de la mano con decirle
hasta luego (o tal vez adiós), a aquella infancia que ya no era, a la familia,
a San Pedro, el Parque Roosvelt, a las divisiones menores del club Saprissa, a las
calles conocidas, al arroz con frijoles, al plátano maduro y muchas otras cosas
más del día a día que se perderían.
La
carrera a seguir era Medicina. Puesto que en aquellos tiempos solo podía
estudiarse en el exterior, los destinos posibles eran Europa, Estados Unidos o
México. Pero siendo su familia de clase media sin sobrarle nada, y a raíz de una
buena relación con el embajador argentino, vecinos en las adyacencias de Paseo
Colón un tiempo que les tocó vivir ahí, decidieron para la aventura
universitaria a la Argentina. País del sur de América tremendamente lejano y
reconocido en aquel entonces por su educación pública y gratuita de excelencia,
los libros editados allí, el fútbol y Perón.
En
el siglo XXI, en tiempos donde la tecnología signa el mundo y donde la
velocidad tanto para trasladarse como para informarse son habituales, aún viajar
desde Costa Rica hacía Argentina tiene un costo monetario alto y la distancia
es sumamente considerable. Si además agregamos que hace 62 años atrás, el uso
del teléfono era muy limitado e Internet no existía y por lo tanto el
“googlear” para conocer el lugar a donde uno iba no era posible, observamos cómo
los hechos de aquel “tico” de tan sólo 19 años de edad van adquiriendo tintes
casi de hazaña.
Un
avión desde San José hasta Panamá, un barco, tercera clase del Américo Vespucio
de bandera italiana, durante 20 días con paradas intermedias en Guayaquil, El
Callao e Iquique hasta llegar a
Valparaiso, Chile. Un bus desde ahí hasta Santiago, la capital chilena, para
luego continuar el camino, en taxi compartido, hasta Mendoza, Argentina. Y por
último, un tren desde la tierra del vino hasta su destino final, Buenos Aires.
Una verdadera odisea
.
La
prestigiosa Universidad de Buenos Aires lo recibió y le abrió sus puertas. El
objetivo: recibirse de médico y regresar a su hogar con título en mano y con la
satisfacción del deber cumplido tanto para él, como para su madre.
La
adaptación a vivir en una gran ciudad fue buena. Con los 75 dólares mensuales que
sus padres le giraban desde el exterior, se las arreglaba de gran manera. Vivió
en varias pensiones. Cabia 3001, donde dormía en un cuarto en la terraza, en
Riobamba 1050 (hoy se erige una Iglesia), en Chacabuco 143, desde donde vivó
bien de cerca el bombardeo de Plaza de Mayo de junio del 1955, hasta cortar con
el nomadismo y recalar finalmente en un departamento alquilado juntos a otros dos
estudiantes costarricenses en la calle Antezana 37.
Paralelamente
a sus mudanzas, iba escalando promisoriamente todos los peldaños que la casa de
estudios le iba imponiendo. Y allí fue donde la diosa Venus hizo de las suyas, tiró
las cartas y decidió trastocarle el camino para siempre. Unió a Rafael con
María Angélica en un amor imperdurable y sin fecha de vencimiento.
El
doctor Fonseca, cirujano infantil, tan solo volvería a su Costa Rica de visita
(aunque hay que decir que revalidó el título profesional en su tierra) y
forjaría el resto de su andar y su familia en Argentina. Dos hijos fueron el
fruto de su matrimonio, Gabriel y Angie y en este punto hago un alto.
Volamos
vertiginosamente en el tiempo. Nos situamos el 20 de diciembre de 2013. Uno y varios
llamados inesperados. Una ilusión. Mucha ansiedad. Ganas en cantidades
inconmensurables. Hay contratiempos. Vaivenes y dudas. Las lógicas en este tipo
de instancias. Pero se confirma y la
alegría desborda.
Me
toca inmiscuirme en un cuento que no era mío pero que casi sin querer, termina
siéndolo. Un círculo que se cierra y llega a su final. Casi de ensueño, con
ribetes poéticos pero al final de cuentas, azaroso. Yo, Tomás Fonseca, y a modo
de árbol genealógico abreviado, hijo de Gabriel, nieto de Rafael, aquel joven
adolescente “tico” que salió para ya no volver, me convertí en enero de 2014 en
jugador del Municipal Pérez Zeledón de Costa Rica para el Torneo de Verano de
fútbol del mismo año.
Llegué
cargado de ilusiones, expectativas, anhelos y miedos. Igual que cuando mi juvenil
abuelo emprendió su ruta. Arribé a un lugar casi desconocido para mí, nuevo,
pero que al pisarlo, olerlo, mirarlo, lo siento propio. El ser futbolista
profesional me depositó aquí y el sueño de mi abuelo de que juegue en Costa
Rica y en la cancha de Saprissa, se cumple el 12 de enero de 2014, en la
jornada 1 del campeonato. Fecha simbólica e histórica para él, para mí y para
todo mi familia. Fue el puntapié inicial a una parte de mi historia, quede
algún modo, ya había empezado mucho tiempo atrás.
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