Noche de primavera del noventa y cuatro. Nos juntamos con los muchachos del laburo a jugar en la canchita de fútbol nueve cerquita de las vías. Con mi abdomen prominente me pareció el Maracaná. Nos conocíamos poco y enseguida llegó la pregunta: "¿De qué jugás?"
Y la verdad, oculté mi pobre palmarés… un gol de rebote en el torneo de tercer año del setenta y siete del Colegio del Salvador que nadie gritó y esa noche de Gloria en Villa Malcolm en el noventa y cuatro con cuatro goles. Saqué pecho y contesté: "Me defiendo al medio." Asintieron con piedad…
Con mi panza y mis anteojos estaba más para comentar el partido que para jugarlo. Llegó el momento del "pan y queso"...quedé último (como siempre). Me acomodé para ir al medio y Marcelito Monti, el gran capitán me espetó: "No Daniel, jugá de siete, allá en la punta."
Empezamos matando... cuatro a cero con tres goles de Patricio Aiello. Eso sí, no participé en ninguna jugada. La verdad, lo sospeché desde el principio y después lo confirmé: me pusieron de siete para ignorarme y no jorobar al equipo. Hubiera preferido me regalasen una bandera y jugaba de juez de línea.
Los contrarios en los corners gritaban: "¡Al chicato no lo marquen!" Tenían razón. Igual... me mordí el orgullo y pude participar en dos jugadas: El Turco Saad me metió dos caños limpitos. El último fue lacerante: me esperó, la pisó y me lo tiró de costado el desgraciado! Qué risotadas humillantes me comí. Por ahí escuché: "Por lo menos al usar lentes la ve pasar." Veníamos bien, hasta que en el segundo tiempo para ellos entró "Cabeza de Chancho". Llegó tarde y emparejó el partido. Lo ganábamos cómodo siete a dos, y ese animal, séptimo Dan de Karate a puro empuje lo puso siete a siete. Faltaba un minuto para terminar.
Cristian Labollita puso la bocha en el medio. Tragué saliva, me acerqué al círculo central y lo miré fijo con mi miopía corregida y aumentada y le hice la seña para que me la pase. Cristian, incrédulo ante semejante gesto, abrió los ojos inmensos y los contrarios se rieron ante tal ocurrencia.
Al final, si lo convencí o le di lástima, ya no importó y me la pasó mansita. Al mismo tiempo, lo vi a Gonzalito Peralta que atajaba para los contrarios, confiado y adelantado... Y por una vez en la vida mi pie derecho obedeció y la redonda, dolida por esa cachetada única, se elevó ofendida, saludó a la luna y bajó presurosa por detrás de Gonzalito, metiéndose en el arco para dormir el sueño eterno.
Nos miramos todos impávidos en el círculo central, siendo testigos de un hecho irrepetible. Me di vuelta y me fui en silencio de esa cancha chiquita pensando... que el próximo "pan y queso", al equipo lo elijo yo.
Por Daniel Mastandrea