El fútbol
argentino esta gobernado primordialmente por dos “ismos”: el resultadísimo y el
existimo. Temporada tras temporada ambas concepciones se van insertando y
alojando con naturalidad en el imaginario colectivo del fútbol argentino.
La inmediatez y
la voracidad por triunfos signan el balompié nacional y los proyectos a largo
plazo no tienen espacio para desarrollarse. Tanto a nivel estructural e
institucional como a nivel deportivo, se apunta casi con exclusividad a los fines
y son contadas las ocasiones en las que se atiende y se le brinda un lugar de
importancia a los medios, al proceso.
En este contexto,
dirigentes, hinchas y periodistas, frente a una serie de resultados adversos,
encuentran en la dirección técnica de los equipos el mejor modo de descomprimir
situaciones negativas. Los entrenadores se convierten con facilidad en los
chivos expiatorios y a los pocos partidos se los retira de sus puestos, muchas
veces con el velo de la renuncia. Las estadísticas avalan estas líneas. En
Primera División, en 11 fechas se fueron 10 técnicos, en la B Nacional en 30
partidos perdieron su trabajo 24 entrenadores, y en el Tornero Argentino A, en
32 semanas de competencia hubo 32 cambios en los responsables de la modalidad de juego de un equipo.
Los directores
técnicos quedan expuestos, en soledad y como los grandes culpables del mal
desempeño del equipo. Con sus salidas, se evitan los análisis profundos y
serios. Con la llegada de uno nuevo, se hace borrón, cuenta nueva y con rapidez
inicia un nuevo ciclo.
Frente a esto,
desde algunos sectores, a los cuales adhiero, se pide aunque sin mucho eco en
los hechos, la necesidad urgente de que nuestro fútbol tenga como prioridad el
trabajo sostenido en el tiempo. Los planes no deben pender de una variable tan
nimia como si la pelota entró o no entró en el arco. Se debe comenzar a
contemplar y examinar las labores de los cuerpos técnicos desde una óptica más
cualitativa que cuantitativa.
En los últimos días
se dieron dos casos inversos y que operaron de una forma diferente al paradigma
que impera. Fueron los propios entrenadores los que tomaron la iniciativa de retirarse
de los procesos y en plena pelea por ascender.
Ricardo Caruso
Lombardi optó por dejar Quilmes, peleando por subir a Primera y asumió en San
Lorenzo, luchando por no bajar a la segunda categoría. Salvador Pasini dimitió
de Estudiantes de Buenos Aires, segundo en la Primera B Metropolitana y se hizo
cargo de Chacarita, asfixiado por el promedio en la B Nacional. Ambos alegaron
que eran oportunidades únicas. Esbozaron que subir de categoría y tomar las
riendas de clubes históricos e importantes, eran cuestiones de vital
importancia en sus carreras.
Celebro y
comparto las ganas de progresar; de encarar nuevos y cada vez más difíciles retos.
En estos casos, verdaderos desafíos deportivos. Pero en tiempos donde desde
ciertos campos se brega para que los técnicos no sean simples depositarios de
todos los asuntos negativos: ¿El tiempo y la forma de las decisiones que tomaron
Caruso y Pasini, desarticularon y fueron en contra del pedido por respetar los
proyectos a largo plazo? ¿O hay que comprenderlas desde la arista del crecimiento
profesional? Dejando sus puestos a la mitad de la temporada, ¿Actuaron de
manera correcta porque, como dijo Caruso, “cuando los dirigentes quieren, te
echan”? ¿O han tomado un camino desacertado, puesto que al irse aportaron un
granito más en la naturalización de la interrupción de los procesos?
Publicado en http://www.ascensototal570.com.ar/
Link: http://www.ascensototal570.com.ar/2012/04/es-algo-normalmente-anormal.html
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