Encendió la radio con muchas expectativas, aunque era prácticamente imposible que se vieran cumplidas luego de lo sucedido hacia cinco o seis días.
“Nos acaban de informar desde la calle Viamonte que en media hora se sabrá el veredicto final.”
Pensó que era mucho media hora. Estaba muy ansioso. Sonó teléfono en la oficina. No lo atendió. Había muchos problemas en la oficina y no estaba en condiciones de solucionar ninguno. Sólo lo que la radio diría en treinta minutos le importaba.
Miró el reloj. Se le hacia eterna la espera. Era la hora. Prendió la radio.
“Lo acaban de confirmar: la Policía Federal está disponible para organizar el operativo de seguridad, y, el mismo, ya está en marcha. Las puertas del estadio estarán abiertas a partir de las 12 horas.”
Gritó eufórico, se estremeció y miró adentro de la billetera para confirmar por enésima vez si tenía las entradas. No se habían movido de allí desde hace varios días.
Eran las once de la mañana. Tenía tiempo para hacer las dos o tres cosas que eran verdaderamente urgentes y el resto quedarían pendientes para el día siguiente. Era muy importante estar temprano y disfrutar de aquello que desde hace mucho tiempo se le venía negando.
Salió de la oficina. Tal y como había calculado, eran las doce y media del mediodía y en su agenda ya nada quedaba por realizar. Se acercó a la secretaria para despedirse.
- “Me voy Graciela. Si no salgo con tiempo, no voy a llegar a tempranito. Hasta mañana.”
- “Hasta mañana señor.”
Caminó unos pasos
- “Señor: lo llaman urgente. Es el gerente general que quiere hablar con usted”
- “No te lo puedo creer. ¿Justo ahora? Está bien, lo atiendo en el teléfono de la oficina”
Sacó las llaves, abrió la puerta, se sentó.
- Lo interrumpe Gustavo. “Claudio, no puedo ir. Me estaba yendo. Se confirmó. Ya sabias que hoy me iba al mediodía, te lo vengo avisando con un mes de antelación. Hace treinta y cinco años que espero esto. No me puedo quedar.”
- “Si Gustavito, ya lo sé, pero a estos tipos nada más les importa el trabajo. Vos sabés cómo son. No te podes ir hoy. Te lo digo con el mayor dolor del mundo, pero es así.”
- “No voy a ir nada a la reunión. Olvídate”
- “Ya estas avisado. Ya sos grande. Vos sabrás tus prioridades. Hasta luego.”
- “Chau”. Corta y grita. “La puta madre que lo parió”
- “¿Le paso algo?”
- “No, Mirta… digo sí… Me acaban de llamar para avisarme que se junta el Directorio y que no puedo irme. Me quiero matar. Aunque estoy pensando en borrarme igual.”
- “Señor. No puedo creer que un hombre como usted, que trabaja tan bien, que es tan aplicado y dedicado, prefiera esto a quedarse en una reunión con la plana mayor de la empresa.”
- “Vos no entendés nada. Déjame solo por favor”
Salió la secretaria y cerró la puerta. Una y media. Ya tendría que estar ahí y sigue en el microcentro. Putea fuerte de vuelta. Es la única forma de descargarse que tiene. Está encerrado. Sabe que no puede irse, pueden llegar hasta a echarlo si se ausenta de la reunión. Ser despedido es un lujo que no se puede dar y menos con el país en la situación económica y social deplorable en la que esta. Sabe que es un lugar que, hoy más que nunca, tiene que cuidar y mucho.
Prende de vuelta la radio.
“Que fervor. Que entusiasmo se respira. La gente…”
Apaga la radio. No soporta la angustia que tiene. Le transpiran las manos. Camina por la oficina. Se le hace minúsculo ese cuarto. Las paredes se le vienen encima.
Suena el teléfono. La luz indica que es la secretaria. Levanta el tubo.
- “Señor, y si se va a un bar. Acaba de pasar Sánchez caminando por acá y le escuché decir eso.”
- “¿A un bar? ¿Me estás cargando no? Dejá, no me ayudes más que la empeoras.”
No puede creer lo que le esta pasando. Años y años de sufrimiento, de cargadas en el colegio, en el trabajo, de verlo llorar a su viejo, y estos pelotudos que le ponen la reunión a la misma hora, y encima la secretaria que le dice esto. Está profundamente triste.
Otra vez el teléfono. Otra vez Claudio.
- “Veo que te quedaste Gustavito. Hiciste bien. Yo sabía que eras un tipo inteligente. Ahora Mirta te va alcanzar unos apuntes que le mande por fax, así no vamos de improvisados a la reunión.”
- “Bueno… Nos vemos en un rato.”
Mirta golpea la puerta y entra. Trae una carpeta y se la deja sobre el escritorio y se retira en silencio. Gustavo la mira. La portada es la típica. Logo de la empresa, temas a tratarse en la reunión, integrantes. Lo de siempre. Pasa la carátula y ve la primera hoja. Se sorprende. No entiende. Se pregunta si será verdad. Llama desesperado a Claudio.
- “Claudio. ¿Es verdad lo qué leí recién en la carpeta?”
- “¡Si boludo! ¿No leíste el cartel? Te lo repito por las dudas: “Andá y disfrutá. Era un chiste”. Lo armamos con Mirta y el resto de la gente.”
- “No lo puedo creer. Estaba desesperado. ¿Cómo me van a joder con una cosa así?”
- “Dejá de preguntar. Agarrá las cosas y andate que llegás bien. No hay nadie en la calle. Con todo el quilombo, la gente sale poco y nada.”
- “Gracias Claudio, gracias.”
Sale corriendo. Toda la angustia contenida se transforma en felicidad, felicidad que es completa y que lo invade en todo su cuerpo, en toda su historia, cuando el árbitro pita el final del empatado partido y Racing es campeón luego de treinta y cinco años, aquél 27 de diciembre de 2001.
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