Edificio de estilo palaciego. Enclavado, monumental, sobre la avenida Brasil, en el centro de ese barrio porteño donde mezclados con el Aleph van Santa Catalina y la Mignon, Don Carlos Thays y Alberdi, Marinelli y “El Peludo”.
Estación de trenes Constitución. Otro día de trabajo que se termina. “De algo hay que morir”, dice Julio. Gente corriendo, personas apuradas, cansadas y con ganas de volver a sus casas, se dispersan, se aglutinan, van de acá para allá. Van vestidas de traje, con “overoles” sucios o simplemente de “civil”, prolijamente descombinados. El letrero luminoso en las alturas da la información justa y necesaria, aunque nunca real. Anden 11. 18:08 horas sale el “A La Plata vía Quilmes”. Anden 4. 18:22 horas sale el “A Bosques vía Temperley”. Nunca saldrán a horario, pero es una buena referencia para saber que, con varios minutos de antelación a los que el cartel dice, los vagones ya estarán colmados y abarrotados de gente dirigiéndose hacia el sur del Gran Buenos Aires y también más allá.
En las alturas, los relojes analógicos no funcionan. Las máquinas automáticas expendedoras, tampoco. Solo dos boleterías habilitadas, y las restantes ocho, con las luces apagadas.
- “Apúrate y no dudes mas. ¿No ves lo larga que es la fila?”
- “Tenés razón, no vamos a agarrar lugar en el furgón si nos trabamos acá y después, ¿Dónde me meto la bici?”
- “Sí sí, dale que a esta hora el chancho no pasa ni loco a revisar boletos.”
Camino por el hall central. Mi tren sale en veinte minutos recién. Miro y escucho. Todo es velocidad, todo es de paso. Ruidoso, con voces.
- “Dale boludo, pásame la bolsa. ¡Dale! Lárgala, hace como diez minutos que estás con eso”
- “Pará loco, pará que está la compramos con lo que junté yo. Dos horitas enteras al lado de las boleterías y vos me la querés sacar al toque. Tómatelas”.
- “Bueno gil, siempre haces lo que mismo porque tenés doce y sos mas grande.”
Ambulan los trabajadores. Murmullan automáticamente precios y productos los manteros, diareros, puesteros, africanos joyeros.
- “Anillos. Oro. Plata. Relojes.”
- “Cinco alfajores cuatro pesos.”
- “Oferta única, directo desde la Aduana, biromes de tinta azul. En las librerias comunes se vende a …”
Predomina el español, pero no todos los acentos son iguales. Hay variedad de nacionalidades y con facilidad se podría armar mundial de futbol. Argentinos, senegaleses, cameruneses, paraguayos, peruanos, bolivianos, rusos y algún que otro gentilicio más. Todos montando esa extraña mixtura cultural en unos pocos metros cuadrados.
Vocifera el altoparlante.
- “Último llamado: Tren de las 18.31 horas a La Plata, vía Quilmes, sale por anden 4.”
Miro el reloj. 18.29 horas. Se me pasaron volando los minutos y la gente también vuela. Momento de adrenalina. No tengo boleto. Corro. Choco a alguien.
- “Pelotudo. ¿Por dónde andas?”
Se escucha el silbato. Me subo al tren ya en movimiento. Está lleno de gente y recién en Sarandi logró meterme en el vagón.
Me bajo en Bernal. Muchos llegamos a nuestras casas a descansar, y hemos atravesado fugazmente Constitución en el andar de la rutina, pero para muchos otros, ese espacio, donde conviven un crisol de personas y de mundos es Su lugar, Su hogar.